miércoles, 30 de mayo de 2012

De crisis y esperanza

Ernesto Solís Orantos
Dice Elvira Lindo que, de la misma manera que el chismoso no puede evitar contar un secreto, el narrador cae siempre en el vicio de escribir lo que vive. Ahí me ha pillado. Caigo en este vicio una y otra vez desde que alguien me regalara un diario por mi primera comunión. En una pelea con mi hermana me lo cogió y se lo dio a leer a mi padre. Años más tarde, mi madre también lo leería, para su disgusto. En contra de lo que pudiera imaginar, esta invasión de mi intimidad no me molestó. Fue cuando descubrí que yo escribía para que me leyeran, no por narcisismo sino porque era la mejor herramienta que tenía para comunicarme con el mundo. No sé si mis pensamientos y/u opiniones pueden interesar a alguien pero necesito escribirlos, sacarlos fuera de mi cabeza, compartirlos. Hoy, especialmente, la necesidad se me torna urgencia. Me siento triste e indignada.
Yo no soy de las personas que se conforman con lo que les toca, soy de las que luchan, protestan y no se callan ni debajo del agua. Cuando era jovencita esto me traía problemas y más de una puerta se me cerró en las narices (una vez busqué empleo en una fundación y me explicaron que no me contrataban porque el resto de empleados tenía un ritmo de trabajo que no era el mío y podrían verse superados -totalmente verídico-). Ahora, con la edad, he aprendido a ser más comedida, sobre todo más respetuosa, más empática... a escuchar mucho y bien antes de hablar. He aprendido a no juzgar jamás a los demás y, sobre todo, a no generalizar. No todos los políticos son corruptos, ni todos los bancos inhumanos, ni todos los jefes de estado idiotas... Esto me ha dado mucha tranquilidad y algo de serenidad. A pesar de ello mantengo una intolerancia enfermiza ante la injusticia, la falta de solidaridad o de caridad.
Mi hijo dando ánimos a su padre
Ojo que avisé que éste era mi año selvático, pues como si nada... Venga a jo...robármelo con primas de riesgo, recortes inauditos (si recortamos en Educación... ¿qué nos queda?), miles de millones para salvar, indemnizar y ocultar descalabros económicos... y mientras desahucios, amigos y familiares que pasan penurias por estar en paro (aunque no sé si eso es peor que los que siguen trabajando sin cobrar desde no sé cuándo...). En fin, no continúo porque esto es un desastre absoluto y me pongo mala.
El primer pensamiento que se me viene a la cabeza cuando miro a mi hijo es emigrar. Brasil, Canadá, Nueva Zelanda... Lo pienso seriamente. Esto se nos ha ido de las manos y no nos merecemos el sistema que tenemos. La gente que me quiere me dice ¿cómo me vas a abandonar? y esto me hace dudar... pero hay una cosa que mi compañero de vida me ha enseñado: si dudas, palmas y es el tipo más inteligente que conozco así es que yo, obedientemente, lo aplico a todo -debe ser por eso que parezco segura-. Si lo vuelvo a pensar, no dudaré.

Joaquín, haciéndome peinados imposibles
Todo esto lo cuento porque, repito: estoy en mi año selvático. Esto se traduce en una jornada vital consistente en cantarle nanas a mi hijo, inventar historias de dragones y estrellas, hacerle fotografías, dejarme peinar por mi marido, disfrazarnos, cocinar, dormir siestas eternas, bañarnos todos juntos, preparar cenas románticas a la luz de las velas, besar a mi niño hasta que se me irritan los labios, pasear hasta el infinito... vamos, las cosas que de verdad importan.
... Yo no puedo disfrutar de mi vida si a mi alrededor los demás no pueden hacerlo. Así es que, ya me conocéis, lejos de amilanarme, me pongo a buscar soluciones. En mi casa y en mi caso tengo plan A, plan B, plan C y, si no funcionan, hasta luego, Lucas, consciente de que lo más sencillo es abandonar mi patria ahora que, gracias a Internet, soy, como todos los que estáis leyendo, ciudadana del mundo. Antes de eso leo, miro, observo, escucho con mis seis sentidos y, afortunadamente, siempre encuentro algo de esperanza. Esta semana ha sido gracias a Guillermo Dorronsoro, un tipo sensato, inteligente y con una trayectoria profesional brillante. Al fin alguien me da una buena noticia: este sistema no funciona y lo tenemos que cambiar... la crisis es la oportunidad para hacerlo... y lo vamos a hacer... como lo hemos hecho siempre... ¿acaso no sucedió lo mismo en la época feudal y en otras épocas?... En España hay mucho talento... y saldremos de esta. Mmmm... gracias por el oxígeno. Necesito que me dure para poder gestionar mi entusiasmo con acierto, para servir a mis compañeros, para no leer la prensa con pinchazos en el hígado y en el corazón. Claro que saldremos de ésta porque si no lo hacemos es que ya no habrá ésta de la que salir. 


viernes, 4 de mayo de 2012

La mamá de Ernesto


Desde pequeña he querido ser madre; más que por el ínclito instinto maternal, por la necesidad de formar una familia, un hogar, un lugar en el que todo iría bien aún cuando en el exterior no fuera así.

No sería hasta 2002, seguramente auspiciada por las mujeres que entonces me rodeaban, cuando tuve el deseo real de serlo, y lo que comenzó como un sueño se transformó más tarde en un objetivo vital (una vividora como yo no podía perderse la experiencia biológica y emocional por excelencia). Era un objetivo que podía considerarse como dos: el de estar embarazada y sentir cómo alguien podía crecer en mí y el de tener un hijo y cuidarlo, mimarlo, protegerlo y darle todo el amor del que fuera capaz.

Eso fue hace 10 años... Tras un proceso de adopción interminable -que de hecho aún no ha acabado- con innumerables y penosos inconvenientes, varios infructuosos tratamientos de infertilidad, bastante frustración y mucha tristeza... cuando ya casi había perdido la esperanza y la ilusión y mi sueño se desvanecía entre jornadas de trabajo extenuantes y miles de kilómetros... una mañana radiante de verano me di cuenta de que Ernesto habitaba en mí...

Tardé varios meses en creerlo. Un milagro dijeron los del Gregorio Marañón... Mi milagro.

No voy a relatar el embarazo del cual casi ni me enteré, ni el parto del que me enteré muy bien (me dijo Gloria, la maravillosa matrona de La Paz, que no dijera que había durado 24 horas así es que diré que entré el sábado por la noche y Ernesto nació el lunes por la mañana...) porque nada de eso tiene la mínima relevancia y estoy segura de que mi memoria lo eliminará como tantas otras cosas... El primer recuerdo trascendente fue verle la carita... no me es posible relatar la emoción tan intensa que sentí... me pareció el ser más hermoso de la Tierra... lo más precioso que había visto jamás... no podía contener las lágrimas y con ellas comencé a besarle con suavidad para que supiera que no estaría solo jamás. El segundo fue la voz de una enfermera preguntando por la mamá de Ernesto

Hasta ese momento creía haber hecho cosas importantes en mi vida, creía haber aprovechado el tiempo, haberme convertido en una persona buena, responsable, solidaria... y todo eso se quedó corto cuando aquella enfermera, sin darse cuenta, me cambió la identidad y me hizo invencible, poderosa, valiente y... mamá.

No fue hasta estar en casa, cuando se acabó el permiso de paternidad (qué corto es, corcho) y me quedé a solas con mi bebé, cuando me llegó la conciencia y lo supe, supe que sería la mamá de Ernesto para siempre y ya no habría nada más importante ni más urgente.

Estos dos meses han sido fascinantes. Me siento tan querida, tan completa... Ernesto ha recibido más regalos que yo en toda mi vida.  Regalos en forma de palabras (gracias a todos los que habéis dejado en mi muro preciosos comentarios), ropita, juguetes o canciones (maravillosas las nanitas de los lopecitos). Ernesto es muy afortunado con tantas personas que le quieren (Ernesto tiene ocho abuelos que lo adoran y una familia extensísima que no se puede contar con los dedos, además de unos padrinos fantásticos).

Me han preguntado que si no echo de menos trabajar... pero ¡si nunca he trabajado tanto! Ernesto es mi cliente más exigente -también el que más me complace y satisface- y, por primera vez desde que me hice autónoma, no trabajo sola: tengo un socio que es el mejor papá que nadie pueda desear y la fortuna de tener a personas que me acompañan en este camino: a mi mamá, la mamá de mi comadrita, a la mamá de su mamá,  la mamá de Lalú, la mamá de Pía y Pepa (http://lamamadepiaypepa.blogspot.com.es) -qué buenos consejos, amiga-, la mamá de Duarte y Julieta, la mamá de Claudia y Celia, la mamá de Resti y Mario, la mamá de Pablo y Adriana, la mamá de los cuatro magníficos, la mamá de Pablo, Fabio y Marcos, la mamá de María y Nono, la mamá de Paula y Celia, la mamá de Dorita, Antonia y Elena, la mamá de Bárbara, la mamá de Paula, la mamá de Pedro e Inés, la mamá de Nando y Guille, la mamá de Juancho y Candela, la mamá de Álvaro y Patricia, la mamá de Matías y Julieta, la mamá de Carla, la mamá de Dan y Henar, la mamá de Sara, la mamá de Izan, la mamá de Sandra y José Luis y todas las madres que como ellas me acompañan y me sirven de inspiración... y a todas las mamás sin hijos que nos ayudan y hacen de este mundo el sitio mejor en el que Ernesto puede vivir (gracias Titaagüe, Sissi, Melita, Topita, Mónica, Lopecitos, Ilaria, Severine...).

... sin lugar a dudas esto es lo mas selvático y maravilloso que he hecho en mi vida...

viernes, 2 de marzo de 2012

La buena educación

Estaba yo esta mañana desayunando tostadas con ajo, tomate, aceite y sal y un zumo de naranja recién exprimido acompañados de un té buenísimo de especias que me ha regalado mi amiga Mónica G. (no de Galán sino de Gemma) de Comercio Justo mientras leía en mi iPAD el Flipboard del instante -no hay una aplicación como ésta para los amantes de la prensa digital; si no la habéis probado os la recomiendo- cuando me topé con una foto de Lagerfeld. Leí el artículo, no sin cierta  mala baba, pensando a ver qué ha hecho ahora la criaturita... quiero decir... la caricaturita... 

En efecto, no me defraudó. Al parecer había dejado caer un comentario sobre lo gorda que está la ínclita Adèle... y de repente recordé un póster que encontré ayer en el muro de facebook de una aficionada a esas frases pegajosas que como antaño los power point, salpican nuestras vidas de dulzainas y corazones rosas cuando no de verdades absolutas y certeras -sí, Sheldon, esto es sarcasmo-. Rezaba así: prefiero ser sincero y odiado que mentiroso y amado. Hay que estar muy tonto... para empezar porque la elección es cuanto menos absurda -éste no se ha dado cuenta todavía de que, además del negro y el blanco hay unos cuantos colores...- y para continuar porque creo que se nos ha ido la pinza con este rollo de la sinceridad olvidando algo mucho más saludable para la convivencia:  la buena educación.

Y hay dos matices que me gustaría hacer a este respecto:
1. La utilidad de la sinceridad y su relación indiscutible con la bondad (que no con el buenismo, me estremecen estos vocablos modernos de moda).
2. El sentido de la buena educación.
Con el primero me refiero a que ser sincero se considera bueno aunque yo no le encuentre la relación: es bueno el que hace bondades y la sinceridad, a veces, puede ser mala, muy mala. Además, la sinceridad tiene un fin: que el otro sepa la verdad pero la verdad en sí no existe, sólo existe mi verdad, tu verdad, la de ellos... La cuestión es que uno se comunica para algo, consciente o inconscientemente. Abre su boquita, su plumita o enciende su ordenador y empieza a soltar palabros esperando a cambio lo que sea: respuestas, apoyos, aplausos, algo de violencia... Uno no se expresa porque sí igual que uno no se viste porque sí -otra forma de comunicarse de la que ya hablaremos también-; toda acción tiene un significado. La función esencial de la comunicación es informar. Así es que Lagerfeld informa, como lo hace mi tía la del pueblo: estás gorda o estás flaca. Te informan sin maldad, por si no te habías dado cuenta... ¿por qué lo hacen? porque son sinceros.

Y esto nos lleva al segundo matiz: eres muy sincero, Lagerfelito, pero muy mal educado además de un tonto el haba si el comentario que se te ocurre sobre esta prodigiosa cantante es ése. Verás, en nuestra cultura, la occidental, ya no te digo en la oriental, hablar del cuerpo de los demás es algo vulgar, hortera y casposo. Las personas que se dedican a hablar del cuerpo propio o del de los demás -a no ser que sea un entrenador físico o un médico o un profesional relacionado con este asunto- reflejan cierta carencia de temas de los que hablar amén de un interés extraño por el continente ajeno que delata, la mayoría de las veces, lo que no tienen. Pero claro, esto de la buena educación también es muy discutible porque lo cierto es que lo que puede ser buena educación para mí no lo es para ti. Por ejemplo: en mi casa insultar es de mala educación pero ir a casa de alguien a insultarle es de cárcel. Si le insultas lo tienes que hacer en la tuya. Es decir: si yo te invito a mi casa a tomar un café, tú llegas y me dices que mis cortinas son horrorosas y que mi tarta de limón es insípida, eso es de una mala educación horrorosa aunque luego tú te empeñes en que no es con mala intención sólo que eres muy sincera. Pues tu sinceridad es una falta de decoro y si me apuras de autoestima porque poco te tienes que querer para querer tan poco a los demás...

Así es que ahí os dejo esta reflexión con nocturnidad y alevosía, invitándoos, no a que mintáis (que, por otro lado, ¿por qué no?) sino a que no digáis toda la verdad, la vuestra, porque es de muy mal gusto... casi tanto como el de parafrasearse ;-)

viernes, 24 de febrero de 2012

Memoria e Identidad

Antes de comenzar este post quiero hacer una aclaración para todos aquellos que habéis manifestado vuestra preocupación por mi actividad :-) Creo importante recordar que anuncié con antelación este año selvático. Comprendo que es fácil confundirlo con sabático pero quiero dejar claro que no es lo mismo:
> Sabático: La palabra hebrea šhabbat (שַׁבָּת) de la que deriva sabático, significa "el (día) de descanso", y se refiere al cese o descanso de trabajo (a mí me fascina mi trabajo, no pretendo, por el momento, prescindir de él). Es más, el vocablo también se utiliza para designar un año de abstinencia de sexo... y por ahí sí que no paso :-)
> Selvático: La palabra latina silva (selva) se utilizaba para definir la abundancia desordenada de cualquier cosa. En este caso concreto la vida o mi vida.

Por tanto, estoy cumpliendo con mi deseo de año selvático tal y como me prometí siendo éste su segundo mes de los doce con los que espero deleitarme y disfrutar. Entre mis selvajadas destacan: haber empezado el año en el ballet y en una de mis ciudades favoritas (Lisboa), haber terminado mi novela "Vidas que caben en la plama de mi mano" y comenzar a escribir "Una no-historia de amor" mientras ando a la búsqueda y captura de una editorial que sintonice con mis palabras... docenas de miradas profundas y no sin cierto resquemor a mi tesis abandonada en algún lugar de mi escritorio, rebajar mis horas de sueño de 6 a 4 para que el tiempo me dé más de sí y pueda caber más desorden, enrear mucho en la cocina y darle un nuevo uso al aguacate, a los palmitos y a la piña... cenar tarta de queso de fabricación propia cada vez que se me antoje, bordar baberos, recuperar a alguien que quiero mucho, recrearme en el nido de Ernesto y en la importancia de llamarle así, jugar al mahjong, comer chocolate con churros en miércoles, tomarme una caña en lunes, a las 11 de la mañana, bajo un sol invernal de justicia, pasear por Rascafría cuesta arriba, hacer regalos a pares, dar más de una docena de besos al día, escribir alguna carta de amor y varias de desamor, llenar el salón de claveles rojos, emular a Frida en su sempiterno Viva la Vida... y, esta semana, asistir a un café filosófico que me ha inspirado, no sólo este post sino, un montón de pensamientos que me acompañan como las amapolas colgantes del techo de la sala en la que nos encontramos.

Invitada por mi amiga Cristina A. esta semana visité las instalaciones del Instituto Hune en el que ella está estudiando coaching (me gusta imaginar que animada por mí). El Instituto está en una de mis calles favoritas de Madrid y muy cerquita del palacete de cristal de mi amiga María M. Haciendo honor a los edificios de la zona no sólo tiene porte y encanto, es limpio, agradable y todas las personas con las que me cruzo me saludan con una sonrisa. Una vez en el café, conozco a la sócrates del tinglado: Cayetana M. Debo confesar que sólo su imagen ya me agrada sobremanera por no decir su voz y su forma de expresión. En algunas de mis tarjetas todavía reza la especialización de headhunter y, aunque no es el servicio más demandado, me gusta presumir de tener un don para reconocer el talento sólo con olerlo y Cayetana lo tiene.

Nunca había asistido a un café filosófico por lo que desconocía la dinámica: un diálogo entorno a una pregunta para que cada uno de los asistentes aporte su punto de vista, sus argumentos y sus opiniones. Cayetana, como buena moderadora, anima la conversación planteando más preguntas clave, sacando a la luz contradicciones y ahondando en los puntos de interés, todo ello salpicado de comentarios filosóficos oportunos y enriquecedores.

He disfrutado muchísimo, de la conversación, de los asistentes (Noemí, Antonio, Victoria, Rosa Ana, Violeta, Juan, Lola y Cristina) y, sobre todo, de recordar que cuanto más creo que sé más convencida estoy de saber más bien poco. Esto le viene de fábula a mi ego. Mi trabajo como asesora me lleva a dar soluciones, dar respuestas, y mi trabajo como coach a hacer preguntas. En esta disyunción mi zona de confort se apoltrona en la primera y mi tendencia a responder es casi patológica. Trato de escuchar a todos, antes de meter baza, y después un conato de aportar ideas tangenciales y, en cuanto me descuido, ahí estoy yo: sentando cátedra, todo claro, todo diáfano. De ahí la importancia de las personas con las que he compartido esta experiencia, discrepando, cuestionando, elucubrando y todo en un ambiente tan agradable que da pena que se acabe.

La memoria, los recuerdos, la identidad, la esencia... y Cayetana nos acompaña con su pandilla de filófofos: ya lo dijo éste o aquel y entonces ¿qué hacemos, qué aportamos? ¿es que hay que aportar algo? ¿somos memoria? ¿qué trascendencia tiene para nuestra identidad? ¿qué es la memoria? ¿hablamos de memoria biológica, genética, intelectual, de experiencia...? ¿qué ocurre cuándo no tienes memoria? ¿no tienes identidad?

Hacía tiempo que no dedicaba un par de horas a pensar y aunque no deje de hacerlo desde un punto de vista práctico reconozco que este ejercicio de no tener que ir a ninguna parte, no tener que dar soluciones, por el contrario, cuestionarse, dudar y reconocerse ante los demás, jugar con las palabras, bailar con ellas y disfrutar... me ha sentado muy bien.

Qué maravilla de año selvático...

jueves, 5 de enero de 2012

La importancia de llamarse Ernesto

Cada niño que llega al mundo trae un mensaje del cosmos. Ernesto todavía no ha salido a la luz y ya lo ilumina todo con sus mensajes fuertes, tenaces, constantes y valerosos. Éste será su año, el año de Ernesto. Muchos me preguntan el por qué de este nombre tan poco corriente. Es evidente que Ernesto será poco corriente por lo que, en principio, lo más adecuado es que su nombre le corresponda, pero hay más: La importancia de llamarse Ernesto fue la última obra de teatro que Oscar Wilde escribió y la primera obra vital que escribiré yo. Wilde nos contaba con esta obra que a veces hay que llamarse Ernesto para poder sobrevivir. Ernesto en su obra es una segunda vida, una válvula de escape de la que surge el deseo y la transgresión. Ernesto es eso para mí: mi segunda vida, mi mayor deseo, mi transgresión, mi mejor prolongación, lo mas creativo que he hecho en mi existencia y lo más valioso. Por lo tanto, este año, mi año selvátivo, además de ser especial, bisiesto y mágico es el año en que he decidido amar más y mejor, sin miradas al pasado ni más futuro que el presente. Es el año del desaprender para poder aprender a su lado, para volver a ser inocente, para divertirme como si esa fuera mi única responsabilidad. Ernesto ya me ha hecho mejor, desde el momento en que oí latir su corazón de pulguita sabía que me cambiaría la vida, de bien, de muy bien.

miércoles, 4 de enero de 2012

Comienza mi año selvático

Estos son los amigos de Ernesto: el monstruito de NYC, el buho de Zara, el tiburón ballena de Japón, el spiderman cabezón de Philadelphia, el reno de Marionnaud y la bola del mundo
Reinauguro hoy esta bitácora con la intención de compartir todo lo que voy a ser y a hacer en este año selvático. Mis pretensiones no son ambiciosas y, sin embargo, espero mucho de estos doce meses. Espero aprender, disfrutar, explorar mis límites, jugar, descubrir, soñar y, sobre todo, vivir. Me gustará mucho que me acompañes en este viaje. Trataré de hacerlo apasionante, didáctico y fundamental. Un viaje repleto de vida para una vida repleta de viajes :-)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Mis minguitos

El amor es una cosa curiosa. Es difícil de prever, de limitar, de controlar, se te desboca y se te desborda sin que puedas hacer nada por retenerlo; es salvaje, loco y duro, muy duro. Amo a todo aquel que he amado. No sé si es una cualidad o una tara mía de esas que empeoran con los años. Quiero a todos aquellos que han pasado por mi vida y me han hecho bien y si no me han hecho bien tengo una memoria selectiva magnífica que hace que lo olvide inmediatamente.

Me gustan los animales. Desde que recuerdo siempre he tenido alguno cerca: ratones, tortugas, peces, pájaros, patos, perros, gatos... Escuché el otro día en el veterinario a alguien decir que los animales son comida, hasta que les pones nombre. Supongo que entonces los humanizas y se convierten en seres importantes en tu vida. Conocí a mis minguitos una mañana de verano. Mi tía los tenía en una cuadra, tenían unas dos semanas y ya correteaban con una docena de hermanos, muertos de miedo, cada vez que nos acercábamos. Les quise desde que les vi. No es algo racional. A mí me parecían los conejos más especiales del mundo, los más bonitos, los más listos, los más limpios... Pacita era rubia, rápida, avispada y Minguito era más tranquilote, más miedoso, más lento. Costó mucho cogerlos y todo el trayecto de Galicia a Madrid vinieron con las orejas gachas. Me daba tristeza separarlos de su familia pero ellos no podían saber que, en realidad, los alejábamos del destino para el que habían nacido asegurándoles un futuro mejor.

Aunque creo en los flechazos pienso que el amor es algo mucho más profundo, que se va alimentando día a día con el estar, con los detalles, con los gestos: darles los buenos días y las buenas noches, dejar la parte de mi comida que más les gustaba para que ellos la disfrutaran, correr tras de ellos por las tardes para que hicieran ejercicio... mantenerlos felices y sanos era mi responsabilidad y el acto de amor que se revertía en mí.

Hasta que un día me di cuenta de que mi amor no era suficiente, que ellos necesitaban más, y entonces tomas una decisión que nunca imaginaste tan dolorosa, llega el momento del sentido común: si el amor, tal y como lo he leído en las novelas, es egoísta, me quedaría con ellos, los tendría cerca, los querría y los cuidaría hasta el fin de sus días... y lo haría, sobre todo, por mí; pero no tengo esa concepción del amor, yo les quiero de verdad y como les quiero he tenido que decirles adios. Mi madre me ha ayudado a encontrarles un hogar mejor, con mucha comida, con mucho espacio y con libertad para que puedan tener a sus crías, que también han nacido para eso.

Me produce tristeza vivir sin ellos. Todavía voy a la terraza cada mañana para ver como están, todavía siento un pinchazo arriba del estómago cuando voy al mercado y paso frente a las zanahorias y el perejil y la lombarda... y no sé cuánto durará pero estoy segura de que están bien donde están y que eso tiene que bastarme.