sábado, 5 de febrero de 2011

La invasión de los mediocres

Hace unos cien años, José Ingenieros escribió un libro titulado El hombre mediocre. En la obra, que serviría de inspiración al mismísimo Ortega y Gasset, se daba una visión entusiasta de los ideales y la excelencia como los ingredientes de las personas que serían capaces de hacer uso óptimo de su libertad, pensando por sí mismos y procurando al resto de la humanidad bienestar y felicidad. Personas interesadas en el amor, el honor, la dignidad y la gloria.

Frente a ellos presentaba a otro tipo de gentes: los mediocres. Personas carentes de imaginación, incapaces de visionar un futuro prometedor, personas quejicas, sumisas, dóciles, vulgares, innecesarias, personas-insecto, personas enfermas de espíritu, muy dadas a la crítica gratuita y fácil, maleables, ignorantes, de personalidades plagiadas, personas-cordero de algún rebaño social o religioso o político o militar. Personas que hacen lo que ven sin cuestionarse por qué y que hablan mal de los que no hacen lo que ellos creen que se debe hacer. Personas-funcionariales, estatales, personas que lloran sin razones, repletas de peros y de nones, personas marchitas, viejunas, apáticas... personas sin brillo, personas-conflicto...

Me he encontrado a muchas personas así en mi camino. Más de las que me gustaría. Puedo reconocerlas desde lejos. Conozco sus movimientos, sus pobres y aburridos discursos, sus penas, sus dolores... No son representativas, no se les oye, a penas se les ve, pero están ahí, molestando, constantemente, como una china en un zapato. Comienza a preocuparme esta invasión entre tinieblas, me preocupa que hayamos tenido que inventar la expresión ni-ni para nombrar a personas inútiles y hediondas. Personas parásitas que piden y piden, que hablan de derechos y que borran, sin rubor, la palabra deberes de sus raquíticos vocabularios; personas que creen en las loterías, y en las videntes, y en la comida rápida y en el destino y en la suerte. Personas envidiosas, grises, prejuiciosas, ignorantes, aprensivas, personas con una resistencia al cambio a prueba de bombas, personas que creen estar en la posesión de la verdad absoluta, malos amantes de ego delirante cuyo único estímulo es dificultar la vida a los idealistas, a los luchadores, los originales, únicos, imaginativos, confiados, libres y diferentes.

Los mediocres son personas muy peligrosas que pueden acecharte en los vecindarios, en el trabajo, en el transporte público, en las colas de los supermercados y cerca de los semáforos estropeados, siempre dispuestas a echarle la culpa de todo a todos los otros. Y es contagioso. Si vives cerca de uno, compartes aficiones con él o te roza en el metro un martes de invierno, sobre las 12 de la mañana, CORRE todo lo que puedas y aplica inmediatamente un antídoto: una película de Billy Wilder, una composición de Stravinsky, un beso público, un dibujo de Frida, un paseo solitario bajo una puesta de sol extremeña... serán más que suficientes.

Sólo los mediocres adoran la facilidad. Prefiero ser difícil. Prefiero ser anormal.

2 comentarios:

  1. Claro que si! Para mi este es de nueve,90.
    Has escrito esto desde 30,000 pies; y desde esa altura además se pueden soltar bombas con carga para reventar conciencias.
    Reconozco que he estado buscando donde estaba el "a los mediocres los vomitaré por mi boca", aunque ya pensaba yo que podía no estar, dado que cada uno tiene sus inspiraciones, y pocas te han llegado a ti del origen de esta.

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  2. Políticamente incorrecta.
    Te aplaude un mediocre existencial confeso, que intenta no autocomplacerse y sobre todo evita ser una chinita en el zapato de los energéticos. Si uno es gris, es gris, pero puede tratar de pintar quicios o ventanucos donde asomarse y sentir el devenir o la brisa o cabalgar como un poseso.

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