jueves, 24 de marzo de 2011

Memoria y deseo

Tengo un trastorno, uno de esos que los médicos no han podido diagnosticar a día de hoy... Es un tipo de ausencia de memoria vivencial. No se me olvida quién soy o dónde estoy... se me olvida lo que vivo...


Me di cuenta a los nueve años, el día que aprendí a montar en bicicleta. Recuerdo que mi padre me había llevado a una explanada fronteriza con Portugal, en Caia. Tardé más de media hora en soltarme, sin patines ni apoyos ni la mano de mi padre, jugándome la vida. No puedo recordar cómo lo hice ni que sentí. Sé que la siguiente vez que traté de montar fue siete días después y que me sucedió lo mismo, la misma ilusión, el mismo brillo en los ojos, el mismo miedo... Montaría unas mil veces más antes de que me atropellara aquella insulsa mujer de licencia regalada; cada una de esas veces estrené bicicleta, brisa y valentía.


Alguien que me conoce muy bien piensa que puede ser agotador. Supongo que tiene razón pero lo que no sé si sabe es que esta forma intensa, apasionada, exacerbada y extrema de ser es lo que hace que él, a veces, desee perder la memoria; porque yo no puedo recordar a otro hombre que no sea él, ni otras manos que no sean las suyas, ni si alguien más tiene esa constelación tatuada en forma de lunares salpicados o si alguien huele como él huele. No puedo recordar los latidos de nadie que no sean los suyos, ni puedo reconocer otra voz u otros gestos... No puedo recordarlo y, si no puedo recordarlo... no existe. Y no sólo no recuerdo a otro hombre que no sea él, sino que cada vez que le miro es la primera vez que le veo. Y todas y cada una de esas veces me sorprendo. Siempre su primer beso es el más deseado de todos los besos del universo; siempre el mismo rubor, el no poder mirarle a los ojos, el sentirme pequeña a su lado... siempre descubrir con asombro que su aliento es mi aliento, siempre tocarle por primera vez, sentir por primera vez su piel, siempre, en cada único y mágico momento...


Quiero a este hombre, no he querido nunca así, no he besado nunca así, no he vivido nunca así. Nunca he tenido más novio que él, nunca antes me casé con nadie que no fuera él. Le quiero, desde tiempos inmemorables, sólo que no lo recuerdo. En cada encuentro se me repleta el estómago de mariposas voladoras y mágicas, cada vez que me toca siento que me mareo hasta perder el conocimiento, cada vez que me mira, que me habla, que me enseña o que me aprehende, cada vez que me silencia es siempre la primera vez. Esto me mantiene en un estado permanente de amor adolescente, estando dispuesta a entregar mi vida por la suya, a protegerle del mundo entero, a cuidarle y a quererle para siempre y por siempre. Un estado en el que mi vida no tiene sentido si él no está y su estar llena toda mi vida; un estado en el que no importa nada lo que diga o lo que haga porque volveré a olvidarlo para estrenarlo de nuevo y volverá a ser mi sol y mis sábanas y mi secreta y escondida atlántida...

4 comentarios:

  1. Siento que sin ti soy menos que nada, solo sueño en el momento que atravieses esa puerta que tanto nos ha costado, y que ahora más que nunca es nuestra trinchera, nuestro castillo, nuestra Fortaleza. Te quiero.

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  2. Que bonito Ana; nuevamente me has hecho valorar todo lo que soy, todo lo que tengo.....y es que a mi tambien se me olvidan las cosas.
    Menos mal que estás tu ahí, con tus mágicas palabras. Gracias por seguir escribiendo.

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  3. Estoy anonadada. No tengo palabras. No conocía esta faceta tuya hasta que Loreto me habló de tu blog. Esta mañana he decido entrar, y no he podido parar de leer. Nunca he hecho terapia psicológica, pero creo que debe ser como leer algunas de estas entradas. Enhorabuena!!! y que sepas que de ahora en adelante tienes una seguidora incondicional en mí. Besos y sigue así.

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  4. Muchísimas gracias a los tres. Al primero por ser mi hogar y por cuidarme tan bien, al segundo por mantenerse siempre ahí, a pesar del paso de los años y a M.J. por su generosidad. Espero poder compensaros vuestro cariño, siempre :-)

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