miércoles, 16 de marzo de 2011

Un relato filionipón- chin-pon

Me duele mucho todo lo que está sucediendo en Japón. Es como esa heridita que te haces en un dedo con el filo de una hoja, no la ves pero la sientes todo el rato y te escuece y te mortifica.

A penas dos semanas antes del terrible drama yo estaba en Japón, paseando por los templos de Kioto, algo mareada por el stendhal que me produce tanta belleza, tanto orden y tanta cortesía. Tal y como lo soñé, los japoneses hacen gala de su educación con su inclinación de cabeza, con su voz susurrada, con su acariciar de aceras, en cualquier momento, sin ninguna pose o pretensión, de manera natural y majestuosa... Estaba tan fascinada que, en pocos días, ya había decidido quedarme allí, para siempre. Alguien dijo no sé qué de los terremotos que sufren continuamente pero en seguida otro alguien respondió que estaban preparados, que en las guarderías les enseñaban protocolos de emergencia y que eran muy efectivos. Los japoneses están muy preparados para todo, son eminentemente eficaces, pero también son tremendamente sensibles, mucho, y su preparación para el dolor es limitada.

Antes de llegar a Japón pensé muchas veces en cómo me sentiría en un país donde todo es exótico, desde su manera de caminar hasta el modo de comer y de amar. Cuando llegué a Japón y vi a una japonesa con un elegante kimono(*) deseé ser como ella, tener esa delicadeza... un vestido así debía hacerte sentir cosas extraordinarias...

Así es que me puse a buscar y el resultado fue una mezcla de admiración y decepción; telas suntuosas, bordados maravillosos y muchos, muchos ceros en las etiquetas colgantes. Abandoné mi deseo y me conformé con la contemplación de las japonesas con kimonos o sin ellos, con sus pieles de porcelana, sus cabellos lacios y sedosos, sus miradas diletantes... hasta el último día.

Precisamente habíamos pasado la noche en un riokan en Nara y cerrábamos nuestra visita con algunas compras como palillos pintados a mano y otras birguerías, cuando pasé frente a una tienda pequeñita en la que muchas abuelas se confabulaban alrededor de un mostrador. Entré de inmediato y observé lo que hacían. Palpaban entusiasmadas un obi. Detrás de ellas, un perchero con docenas de maravillosos kimonos de seda y tafetán...

Allí estaba, el kimono más bonito que había visto en mi vida: seda pura en marfil con hilos de oro dibujando delicadas flores de cerezo, el interior en un color precioso de vitaminas y más flores... Cerré los ojos y deslicé los dedos hacia su interior, en busca de la etiqueta que me devolviera a la realidad. 4.500 yenes, unos 45 euros. Rápidamente me fui al mostrador principal con la pieza en la mano y traté de comunicarme con el dependiente -la mayoría de los japoneses con los que me he cruzado no hablan otra cosa que no sea su lengua; vamos, como los españoles-. Yo le señalaba el precio y ponía mi cara de estonopuedeser mientras él, avergonzado por su incapacidad para entenderme -y no por mi vergonzosa mímica, como hubiera sido lo normal en mi país- asentía con la cabeza todo el rato: secon-jan decía, ¿secon-jan? preguntaba yo, creyendo que sería algún tipo de palabra japonesa tipo multipliquelopormil, mientras él seguía asintiendo. Creo que cuando agachó la cabeza por trigésimo cuarta vez sin a penas despeinarse y con una paciencia digna del santojob es cuando acerté a entender que, en efecto, decía second hand y, en ese momento, me imaginé a la muertina que debía haber vestido aquel preciosísimo kimono y en que mi camino se había cruzado con el suyo para que lo vistiera y sintiera las cosas que ella sintió. En ese preciso momento, y como primer regalo, sentí una inmensa felicidad, así es que, sin soltar mi preciado tesoro, me dirigí al mostrador en el que las abuelitas seguían evaluando el género y elegí el obi más bonito de todos y más apropiado para el que ya era, para siempre, mi vestido favorito. 500 yenes, 5 euros. De nuevo al dependiente, de nuevo I can't believe it, this's incredible... a lo que él, naturalmente, respondió: secon-jan, esta vez con una sonrisa cómplice.

Esta noche pliego el lado derecho de mi kimono sobre el lado izquierdo mientras pienso en la mujer que lo vistió en otro tiempo con dignidad y con honor y en cómo me empujó a aquella pequeña tienda para que yo salvara su kimono...
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(*) Kimono (cosa para vestir) es la vestimenta típica de Japón. Está formado por una larga túnica con pliegues y es usado tanto por hombres como por mujeres. Hace aproximadamente 50 años constituía prácticamente la única vestimenta del país pero en la actualidad la mayoría de los japoneses utilizan vestimenta de tipo occidental. El kimono esta constituido por una sola pieza que se adecúa al cuerpo de cada persona de modo que el lado izquierdo se pliega sobre el lado derecho a excepción de la vestimenta de luto donde el lado derecho se pliega sobre el izquierdo. Se agrega una faja ancha atada con un nudo sencillo a la altura de la cintura llamada obi.

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