lunes, 23 de mayo de 2011

Raferías

Hace unos días se me escapó un malos tiempos para la felicidad y un amigo me respondió con una pregunta ¿qué es la felicidad, al fin y al cabo? Llevo días dándole vueltas a esta cuestión... Sin duda es importante, la gente se pasa la vida buscándola, y resulta paradójico porque, hasta donde sé, la felicidad no es algo que haya ahí fuera, sino aquí dentro. Quizás cueste un poco entenderlo porque en las escuelas no enseñan felicidad -en algunas ni siquiera es un término a emplear- por lo que vas aprendiendo de la experiencia, a la antigua usanza.

De chica la felicidad era poder ir a Caprichos, una tienda de golosinas cercana a mi colegio que se me antojaba un paraíso, una de esas con decenas de cajas rebosantes de manjares edulcorados y bolsitas para que las repletases a tu gusto o hasta que tu madre dijera basta. Me encantaba entrar en aquella tienda, el olor a azúcar, los colores pasteles, la simpatía de la dependienta... pero, sin duda, lo que más me gustaba era llegar a casa y dar cuenta de mis provisiones en mi sillón favorito mientras mi padre -poco amigo de los dulces- me decía: pero qué rafera eres...

Al parecer rafería es una palabra extremeña que se utiliza como sinónimo de chuchería aunque en el resto de España nadie dice pero qué chuchera eres... Me encantaba que mi padre se percatara de que, en efecto, soy una rafera sin límites.

El caso es que depositamos la felicidad en una bolsa de raferías, en una bici nueva, en un chico o una chica que te gusta, en acabar la carrera, en conseguir un trabajo, en una boda, en tener un hijo, en tener un trabajo mejor, en tener otro hijo, y una casa y un perro y un coche más grande y, mientras tanto, la felicidad te mira anonadada desde el fondo de tu ser...

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