lunes, 30 de mayo de 2011

Tabaco y agua

Las tres de la mañana... la noche se está haciendo interminable... Mérida está desalojada... Hoy mismo ha visto autobuses cargados con centenares de funcionarios depositados a escasos metros de sus puestos de trabajo, como si no quisieran que caminasen y la distancia les pudiera distraer del objetivo que les ha conducido hasta allí. Lo llenan todo; ellos y sus dedos que golpean sin tregua las teclas gastadas de la burocracia, a penas con un descanso para beber de botellas de plástico, tantas veces rellenadas, blandas, tóxicas...

Ahora imagina que duermen, recuperan fuerzas para volver, en unas horas. Ella no puede dormir. La enviaron a cerrar un negocio con la Administración, la única empresa solvente que queda... y no ha habido manera. El director general de turno la reconoció. La recordaba del instituto, cuando ella lideraba a los rebeldes y él hacía chuletas con bolis bic sin tinta. No se podían ver, eran todo lo que el otro no quería ser. De modo que, cuando le vio esta mañana, sabía que aquello iba a ser un fracaso. Para qué darle más vueltas...

El mueble bar está vacío... a las once, la visión de las botellitas ordenadas por colores la atrajo como un imán, empujada por una imagen casi infantil de las ferias de San Juan donde, en otro tiempo, ganara muñecas, relojes, perritos piloto... No queda nada y, sin pensar, descalza, como una autómata, monta en el ascensor para dirigirse al bar. Por supuesto está cerrado, ese bar de esa ciudad moribunda, silenciosa, está también muerto.

Si al menos pudiera fumar... recorre la planta baja y entra en una sala con una docena de sillas y un rotafolios. Una docena de personas ha estado allí muchas horas; siente el olor de la gente activa, rutilante, algárabe... y un perfume... un perfume masculino, potenciado por un millón de feromonas... le excita. Imagina que cualquier hombre podría entrar ahora mismo y encontrarla allí... con aquel patético camisón blanco, comprado de saldo, pensando en las noches de frío. Esta noche no tiene frío. Le rompe las mangas, el cuello y la falda, dejando a penas un trozo de tela dispuesto a desaparecer si la ocasión lo merece... Se enciende un cigarro. Esta noche tiene que ser noche de cosas prohibidas, total... mañana estará fuera de la empresa, mejor tomarlo con calma...

Fuma su cigarro, despacio, mirando entre los barrotes de forja que hacen de marco a una calle humilde, pequeña, levemente iluminada por faroles de luces amarillentas... Tiene sed, pero lo único que encuentra a su alrededor es una botella de agua. Al verle bajar la calle ha derramado el líquido sobre sus muslos... camina firme, directo a ella, como si supiera que está allí, que siempre estuvo allí...




Dedicado a Sonia, María y Elisa. Tres mujeres maravillosas que me sirvieron de inspiración aquella mañana de abril...

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