domingo, 19 de junio de 2011

Egolatria

Ana Orantos. Helsinky, 2011
Creo que las cosas, las palabras, los alimentos, las acciones... no son negativos per sé, sino que dependen del uso y/o abuso que se hace de ellas. Con la egolatría me pasa también. A la mayoría de mis clientes tengo que entrenarles para que piensen más en sí mismos, para que cuiden más de ellos, de sus cuerpos y de sus almas, para que sean un poco egocéntricos y comprendan que para ayudar a los demás uno debe estar en condiciones de poder hacerlo. Si no cuidas de ti, no puedes cuidar de los demás, ante todo porque los demás aprenden más de lo que sienten contigo que lo que tú pretendes enseñarles por lo cual notarán que no te cuidas y no confiarán en ti ni en tu contradictorio mensaje.


La cuestión es que esta semana me he topado con lo contrario, he tenido un par de conversaciones con dos personas que me han desbordado por su egolatría extrema, con una visión totalmente distorsionada de la realidad que les lleva a creer que los demás están obligados a quererles y a demostrarles su cariño, incluso han llegado a creer que su familia, su empresa, su ciudad... ¡el mundo! no podría arreglárselas sin ellos, que los hechos en los que ellos no participan no son importantes... y me ha parecido triste, paupérrimo y peligroso.


Así es que me he propuesto escribir este post para el resto y avisaros porque cerca de un ególatra no se puede ser feliz. Fijaos bien, es sencillo detectarlos, abusan continuamente del yo, del mi, del me y del conmigo, son parcos en besos, caricias, halagos, detalles y regalos y no suelen tener amigos aunque sí empleados, esclavos y familias a su disposición. Carecen absolutamente del don de la escucha y su tema favorito son ellos mismos; os aseguro que son un peligro para la sociedad pero también para ellos, que sufren de modo incomprensible a ojos de los demás el que la gente no les entienda, no les quiera y no les comprenda.

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