jueves, 2 de junio de 2011

Perdiendo el conocimiento

Algunas veces, no todas, la vida me sobrepasa... ya sabes, la sociedad con su infantil hipocresía, la gente que se mira el ombligo y es incapaz de ver más allá, las enfermedades incurables, los hijos abandonados, los que critican sin aportar soluciones, alguna incomprensible mala cara, el que no sepa en horas nada de ti, la lluvia cuando necesito sol, la quiebra de la fábrica de mis sostenes favoritos... ese tipo de cosas. Entonces tengo tendencia a echar mano de algún estupefaciente, nada extremadamente fuerte, nada que termine en -ina (ni siquiera mi hermana cristina)... me basta una buena ginebra en una preciosa copa. Ese es el momento en el cual mi persona se diluye y el personaje cobra cuerpo, ese es el momento en el que me vuelvo indestructible. Cada uno tiene sus ardides; éste es el mío. Si simulo ser una persona feliz, adaptada, convencional... el mundo creerá que lo soy y me dejará en paz.

A mí la paz me la da perder un poco el conocimiento.

Imploraba a Dios mi abuelo que le quitara tanta memoria. Creo que no lo consiguió y que eso le hizo infeliz. Tener tanta memoria no es bueno para nadie, es mejor olvidar, a ser posible olvidar el rencor, la tristeza, el dolor... Mi abuelo me dejó en herencia el tener la memoria de un chanquete pero, en compensación, tuvo a bien legarme una voracidad excesiva por saberlo todo, por conocerlo todo. Una curiosidad inusitada que me ha llevado a más de un lío (los lectores asiduos recordarán unos cuantos) y a más de un quebradero de cabeza. La capacidad para relacionar acontecimientos, actitudes, situaciones... la clarividencia para detectar patrones de conducta, visualizar finales y descubrir mentiras es lo que hace que, a veces, no todas las veces, me entregue a la bebida, aunque sólo sea para perder algo de conocimiento...

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