domingo, 28 de agosto de 2011

Inmortal

Cabo Verde. Isla de Sal, 2010
Hace unos meses, en un discurso no demasiado elaborado pero muy ensayado, escuché a alguien decir que lo que te hace inmortal es tener hijos.

Es curioso como las palabras pueden erosionarte y quedarse enganchadas a tu retina y a tu pelo y reaparecer cuando se les antoje para repetirte esta premisa que, a todas luces, sólo puede ser cierta si tú la crees cierta. Los días posteriores estuve pensando en ello, también los siguientes. No tanto por mí, que no soy madre, sino por la cantidad de gente maravillosa que conozco que no ha tenido hijos, unos porque no han querido y otros porque no han podido; de repente habían sido relegados a un segundo plano, ¡qué digo a un segundo plano! a la categoría de simples humanos mortales sin posibilidad de alcanzar el olimpo... Me pareció una soberana injusticia y me dio una rabia tremenda no poder borrarlo de mi mente; esa clase de clasismos son los que hacen que la convivencia se vuelva insoportable, que los casados dejemos de salir con los solteros, que los que tienen hijos se aparten de los que no los tienen...

Como no me podía deshacer de aquel comentario, comencé a soltarlo a diestro y siniestro con la esperanza de que me abandonara; La última vez fue a una señora encantadora, matrona desde hace más de 25 años. Comenzó a reírse y después se le escapó un menuda estupidez... Cualquiera puede tener un hijo... eso no te hace inmortal, a algunos no les hace nada de nada... lo que de verdad te hace inmortal es no tener miedo a la muerte, la libertad, eso te hace inmortal.

Esta afirmación sustituyó a la anterior de manera inmediata, lapidaria y contundente y transformó un día cualquiera en un día luminoso y único.

Una historia inmortal (O. Welles, 1968)
En seguida recordé la última vez que estuve contigo, entre tus brazos, respirando tu respiración, no escuchando nada más que tu alma, mi piel incandescente adherida a la tuya, mis dedos en tus dedos, mi mirada en tu mirada... en ese pequeño y precioso momento pensé: ojalá la muerte me encuentre así, entre tus brazos, sin miedo a nada, me reiré de ella y entonces sabrá que soy... inmortal...

2 comentarios:

  1. Me gustó mucho Ana, a mi también me gustaría que la muerte me encontara de esa manera, un abrazo

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  2. Gracias, Susan. Espero que la muerte no te encuentre nunca y de hacerlo, que sea así de bien. Un beso.

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