martes, 22 de noviembre de 2011

Sordidez y soledad

Atlantic City (L. Malle, 1980)
La lluvia iracunda golpea los cristales de mi apartamento en el noveno piso del Fanta Sea de Atlantic City.
La melancolía me ha atrapado, tentadora, como tu belleza, tu dolor y tu tormento...


En esta vida, en el Atlántico, tengo un Chevrolet Malibú y con él conduzco por la ciudad tratando de descubrir algún secreto, una imagen que estimule mi imaginación y me obligue a volver a la vida como escritora trágica y renacentista. En eso pienso. No es difícil, aquí la desgracia se masca en cada paso, me engulle, se cierne sobre mí como un mal sueño. Los zombis avanzan, sin dirección, totalmente desconcertados, caminan de un lado a otro con sueters y cazadoras XXXL. Son negros, como mis lágrimas. En mi primer y único paseo por el rahído embarcadero una mujer de unos 40 años y la piel como el chocolate puro me ha escupido al grito de fuck of. Afortunadamente no me ha dado, eso me hubiera producido un asco terrible... sería capaz de correr tras ella para hacerla caer de su bicicleta. En condiciones normales creo que esta situación me produciría miedo, pero hoy sólo ha podido engordar mi melancolía...


Esos seres sin nombre ni dignidad que malviven entre cartones húmedos apoyados en las mugrientas paredes de las decenas de casinos afincados en esta tierra desolada y amarga, sórdidamente apalancada en un mundo plástico y superficial, me miran con ojos vacíos. Los que entran en los locales de juego y en los clubes de streptease no son menos patéticos. Aquí está la raza humana norteamericana al desnudo, si no puedes pagar, no eres nadie. He entrado en el Caesar que tiene su homólogo en la costa oeste, en las Vegas, y no me ha defraudado en absoluto: cientos de máquinas obsesivamente ordenadas para el control de sus pasajeros que las montan sin demasiado interés pero con mucha ansiedad. Me invade la idea de sexo pero la falta de erotismo la fulmina en un microsegundo. Desesperanza. Aquí vive la señorita desesperanza. Se pasea con su sordidez y su soledad como si nada, como si vivir no mereciera la pena. La pena... qué pena me produce tu ausencia, tu no estar, tus no palabras, tus no miradas... hay una parte de mí que se muere de pena y lo hace ahora, en el otoño más triste que recuerdo...

2 comentarios:

  1. Tremendamente sensible. Te lleva hasta tal punto de melancolía que apetece llorar. Por lo visto el otoño por allí también es triste.

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  2. ...a veces todo comienza con un recuerdo, otras se vé el final. A mí también me pierde la boca, ¿pero, y lo qué encuentras? ...lo peor es la ausencia, el hospicio interior donde nada funciona, el eco que produce el pensamiento desintegra la personalidad, y lo qué era calor se vuelve frío, un incendio que plasma la necesidad de ver el final, el encuentro de unos labios que te recordarán, que un día cualquiera el tiempo se difuminó, y es hora de mirar al futuro manteniendo tu palabra, que será viento y marea, y qué entonces se entristezca quien quiera, jeje..

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