viernes, 24 de febrero de 2012

Memoria e Identidad

Techo de la sala de reuniones
Instituto HUNE, 2012
Antes de comenzar este post quiero hacer una aclaración para todos aquellos que habéis manifestado vuestra preocupación por mi actividad :-) Creo importante recordar que anuncié con antelación este año selvático. Comprendo que es fácil confundirlo con sabático pero quiero dejar claro que no es lo mismo:
> Sabático: La palabra hebrea šhabbat (שַׁבָּת) de la que deriva sabático, significa "el (día) de descanso", y se refiere al cese o descanso de trabajo (a mí me fascina mi trabajo, no pretendo, por el momento, prescindir de él). Es más, el vocablo también se utiliza para designar un año de abstinencia de sexo... y por ahí sí que no paso :-)
> Selvático: La palabra latina silva (selva) se utilizaba para definir la abundancia desordenada de cualquier cosa. En este caso concreto la vida o mi vida.

Toda la memoria del mundo (A. Resnais, 1956)
Por tanto, estoy cumpliendo con mi deseo de año selvático tal y como me prometí siendo éste su segundo mes de los doce con los que espero deleitarme y disfrutar. Entre mis selvajadas destacan: haber empezado el año en el ballet y en una de mis ciudades favoritas (Lisboa), haber terminado mi novela "Vidas que caben en la plama de mi mano" y comenzar a escribir "Una no-historia de amor" mientras ando a la búsqueda y captura de una editorial que sintonice con mis palabras... docenas de miradas profundas y no sin cierto resquemor a mi tesis abandonada en algún lugar de mi escritorio, rebajar mis horas de sueño de 6 a 4 para que el tiempo me dé más de sí y pueda caber más desorden, enrear mucho en la cocina y darle un nuevo uso al aguacate, a los palmitos y a la piña... cenar tarta de queso de fabricación propia cada vez que se me antoje, bordar baberos, recuperar a alguien que quiero mucho, recrearme en el nido de Ernesto y en la importancia de llamarle así, jugar al mahjong, comer chocolate con churros en miércoles, tomarme una caña en lunes, a las 11 de la mañana, bajo un sol invernal de justicia, pasear por Rascafría cuesta arriba, hacer regalos a pares, dar más de una docena de besos al día, escribir alguna carta de amor y varias de desamor, llenar el salón de claveles rojos, emular a Frida en su sempiterno Viva la Vida... y, esta semana, asistir a un café filosófico que me ha inspirado, no sólo este post sino, un montón de pensamientos que me acompañan como las amapolas colgantes del techo de la sala en la que nos encontramos.

Invitada por mi amiga Cristina A. esta semana visité las instalaciones del Instituto Hune en el que ella está estudiando coaching (me gusta imaginar que animada por mí). El Instituto está en una de mis calles favoritas de Madrid y muy cerquita del palacete de cristal de mi amiga María M. Haciendo honor a los edificios de la zona no sólo tiene porte y encanto, es limpio, agradable y todas las personas con las que me cruzo me saludan con una sonrisa. Una vez en el café, conozco a la sócrates del tinglado: Cayetana M. Debo confesar que sólo su imagen ya me agrada sobremanera por no decir su voz y su forma de expresión. En algunas de mis tarjetas todavía reza la especialización de headhunter y, aunque no es el servicio más demandado, me gusta presumir de tener un don para reconocer el talento sólo con olerlo y Cayetana lo tiene.

Cayetana Martínez Ramos. Filósofa. Instituto HUNE
Nunca había asistido a un café filosófico por lo que desconocía la dinámica: un diálogo entorno a una pregunta para que cada uno de los asistentes aporte su punto de vista, sus argumentos y sus opiniones. Cayetana, como buena moderadora, anima la conversación planteando más preguntas clave, sacando a la luz contradicciones y ahondando en los puntos de interés, todo ello salpicado de comentarios filosóficos oportunos y enriquecedores.

He disfrutado muchísimo, de la conversación, de los asistentes (Noemí, Antonio, Victoria, Rosa Ana, Violeta, Juan, Lola y Cristina) y, sobre todo, de recordar que cuanto más creo que sé más convencida estoy de saber más bien poco. Esto le viene de fábula a mi ego. Mi trabajo como asesora me lleva a dar soluciones, dar respuestas, y mi trabajo como coach a hacer preguntas. En esta disyunción mi zona de confort se apoltrona en la primera y mi tendencia a responder es casi patológica. Trato de escuchar a todos, antes de meter baza, y después un conato de aportar ideas tangenciales y, en cuanto me descuido, ahí estoy yo: sentando cátedra, todo claro, todo diáfano. De ahí la importancia de las personas con las que he compartido esta experiencia, discrepando, cuestionando, elucubrando y todo en un ambiente tan agradable que da pena que se acabe.

La memoria, los recuerdos, la identidad, la esencia... y Cayetana nos acompaña con su pandilla de filófofos: ya lo dijo éste o aquel y entonces ¿qué hacemos, qué aportamos? ¿es que hay que aportar algo? ¿somos memoria? ¿qué trascendencia tiene para nuestra identidad? ¿qué es la memoria? ¿hablamos de memoria biológica, genética, intelectual, de experiencia...? ¿qué ocurre cuándo no tienes memoria? ¿no tienes identidad?

Hacía tiempo que no dedicaba un par de horas a pensar y aunque no deje de hacerlo desde un punto de vista práctico reconozco que este ejercicio de no tener que ir a ninguna parte, no tener que dar soluciones, por el contrario, cuestionarse, dudar y reconocerse ante los demás, jugar con las palabras, bailar con ellas y disfrutar... me ha sentado muy bien.

Qué maravilla de año selvático...

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