lunes, 20 de agosto de 2012

ROMA se escribe al revés

La dolce vita (F. Fellini, 1960)
La primera vez que fui a Roma lo hice con un tipo que no sabía nada del amor. Recuerdo haber echado unas monedas a la Fontana de Trevi (tantas veces había soñado emular a Anita Ekberg...) pero ni siquiera recuerdo para qué. No era difícil saber que no llegaríamos lejos, sólo había que conocer a su exnovia (palabra que alguien se inventó para estar unido eternamente a esa persona por los siglos de los siglos y que yo no utilizo jamás por una cuestión de principios y de amor).

Gracias a mi trabajo he conocido profundamente a mucha gente y en todos he descubierto esa clase de intensidad tan palpable en La Dolce Vita (F. Fellini, 1960). En algunos sólo aflora una vez en la vida, en otros alguna más y no quiero ni pensar que en muchas ninguna vez. No parece fácil. Debe darse el momento, el lugar y la persona apropiada para poder vivir una pasión auténtica, exacerbada, y para eso hay que estar dispuesto, no necesariamente predispuesto, vamos, que si bien es imprescindible no buscarla tampoco se debe huir de ella. Hasta donde yo sé es más sencillo encontrarlo si uno se mueve más, si se traslada, si viaja, si tiene empleos diferentes... aunque luego resulte estar delante de ti todo el tiempo.

La dolce vita (F. Fellini, 1960)
El caso es que no soy una persona enamoradiza pero, como a todas las personas que conozco, me gusta enamorarme. Ya sabes, dejarme llevar, no elegir, permitir que me invadan, que me hagan prisionera, que me arrasen, que me impidan pensar en nada que no sea amar. No conozco ninguna sensación-experiencia igual.

Yo me he enamorado algunas veces, dos ó tres, no muchas, como digo no soy una persona enamoradiza, pero sí soy arriesgada y vitalista, eso sí.

Recuerdo una noche, en el Café Victoria. Estaba hablando con un amigo, ya no recuerdo de qué. Se giró para pedir algo al camarero y cuando volvió la mirada hacia mí, sucedió. Allí estaba: la magia. Es como si no nos hubiésemos visto antes. Su mirada ya no era una mirada porquehablocontigoytengoquemirarte sino, más bien, una mirada de nopuedohablarcontigoynopuedodejardemirarte. Creo que enmudecimos en ese instante y que todo lo que nos rodeaba se fue diluyendo por el arte de esa magia. Era un amor improbable, los dos estábamos saliendo con otras personas, pero no lo podíamos evitar, nos habíamos enamorado. No nos separábamos jamás. Siempre estaba cerca de mí, yo siempre cerca de él. Las noches se me hacían eternas deseando que llegara la mañana para poder verle, poder escucharle, sentirle cerca, olerle. Me hacía exageradamente feliz. Me escribía algún poema, me dedicaba canciones y, siempre que podía, me acariciaba el brazo con su dedo índice. Era dulcemente exasperante.

Una noche salimos juntos con el resto de compañeros a tomar una copa. Nuestras parejas nos acompañaban. Recuerdo cuando le presenté a la mía. Congeniaron en seguida, eran hombres inteligentes, seguros de sí, cultos, atractivos y con un punto que les hacía a ambos diferentes al resto, alguna rareza inconfesable. El caso es que se me acercó y me susurró al oído: ahora me gustas más.

Ahí estaba la verdad de la vida. Claro. En el Amor, además de la física y la química, hay otras asignaturas y una troncal es el currículo amoroso. ¿Podría estar yo enamorada de una persona que comparte su vida o lo ha hecho con alguien que a mí no me gusta nada? Improbable, muy improbable.

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