viernes, 14 de marzo de 2014

No se lo cuentes a nadie

Voy a contarte algo que nunca le he contado a nadie...

No importa lo que venga después.  Cuando alguien pronuncia estas palabras te entrega la llave de su intimidad. No creo que haya un regalo como ése.

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No pude acabar mi año selvático, no se dejó. Se adhirió a mí como una segunda piel. Vivir, dejarme seducir por la vida, bebérmela a tercios, aspirar el humo de la incertidumbre... no sé hacer otra cosa. Amar la inevitable tragedia de no poder sentir mil vidas, a penas una echando de menos las otras novecientas noventa y nueve. No me hago a la idea ni puedo aceptarlo.

Amanece el mar rebosante de estrellas y cetáceos. Me salpica la sal y el oleaje se me cuela en alguna herida mal cerrada. Imagino que lo sé desde que te veo pero cuanto más te miro más obvio se me vuelve. No te voy a preguntar. Detesto que alguien me diga hasta dónde o hasta cuándo.

La película que he visto hoy, la vie d'Adèle (A. Kechiche, 2013), me ha dejado una huella corrosiva, ambigua. Hace tiempo que sufro de un Stendhal feroz, debe ser que envejezco y la belleza me subyuga. No, no esa belleza de  portada de revista que a duras penas consigue que me deleite dos segundos. La belleza de la pureza, la ingenuidad, la belleza de aquellos que no saben o no les importa que la poseen. Adèle Exarchopoulos es un ejemplo maravilloso y Lèa Seydoux no se queda muy atrás. Vigilenlas de cerca, creo que voy a tener que verme y aprenderme sus filmografías. Qué maravillosas actrices (tenían que ser francesas), qué maravillosa película que retrata el deseo tan bien que es difícil visionarla sin que te entren ganas de emularla.

La vie d'Adèle (A. Kechiche, 2013)
La gente bonita de piel brillante, boca carnosa, mirada sinuosa de escondites secretos, gente-iceberg que esconde más que enseña, gente que ama como come, como bebe... me atrae de una manera extraordinaria. Hace poco leí un estudio norteamericano que delataba el consumo de pornografía en hombres y mujeres. Lo que no me llamó la atención y confirmó mi teoría es que la pornografía homosexual, en concreto entre mujeres, es casi más vista por mujeres heterosexuales que por hombres. Debe ser por este sexto sentido esteta, en cualquier caso nunca he creído en la monosexualidad más allá de una convención cultural, política o religiosa.

El deseo no puede limitarse, ni con género, ni con edad, ni con dinero, ni con esposas ni con anillos mágicos (los anillos son los escondites de los cobardes). Como si el deseo supiera de tiempos o de espacios o de nada que no sea mirarte y ver el mundo entero en tu ojos. El deseo que se cuece en las comisuras de tus labios, en el brillo de tu mirada, en la suavidad de tus manos y en las sortijas de tu pelo no sabe de mañanas sólo sabe de ahoras y de voracidad, y de inmediatez. No es necesario entenderlo. No sabe inhibirse o detenerse, no tiene fin ni principio sólo el alma curiosa y las bocas abiertas. 

Ya hemos llegado al infinito con palabras -tenía tanto que decirte que si me callo me salen subtítulos- pero a ti, que eres más de tierra que de mar, te preocupa la isla de la piel y verte transformada en náufrago. A mí no importa que no me toques, para cuando puedas hacerlo lo habré soñado tanto que no distinguiré si ha sucedido o no. Me colaré en tus sílabas, en tus pensamientos, en la yema de tus dedos... Sólo te pido una cosa, una sola cosa, que no se lo cuentes a nadie, a nadie, ni siquiera a mí.

2 comentarios:

  1. Generalmente la gente bonita no suele saberlo. De hecho, como bien comentas, nos seducen por su escasa ostentación y naturalidad. Que bonito es ser auténticamente bonito.

    No conocía la peli que nombras pero la manera pasional con la que la describes me eleva a una letras que no se asomarán a una pantalla de cine. Aún así, la pongo en mi lista.

    Abrazos desde mi isla y sigue sin contárselo a nadie.

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  2. Qué bonito es ser auténticamente bonito... Qué regalo conocerte...

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