lunes, 31 de marzo de 2014

Reloaded

Neo, Morpheus, Trinity y el resto de la tripulación continúan en la lucha contra las máquinas que han esclavizado a la raza humana. Ahora más humanos han sido despertados e intentan vivir en el mundo real. A medida que aumentan en número, la batalla se acerca a Sion, la última ciudad real en el mundo y centro de la resistencia humana. Y tiene poco tiempo, muy poco tiempo... (Matrix Reloaded, Wachowsky, 2003)

El cine siempre ha sido mi mejor acupuntor emocional y mi mejor excusa. Así es como he decidido, al igual que la película, dar una vuelta de tuerca a este espacio íntimo e intimista que quiero explotar como terapia o como bomba de oxígeno o como una bobina en la que hile lo que a mi juicio es lo mejor de mí, lo submarino, lo invisible a los ojos de aquellos que no saben bucear. Mi manera de contar sin contar.


Superman (R. Donner, 1978)
El cine me emociona, como lo hacen algunas lecturas, muchas músicas y más personas de las que nunca imaginé. Como nací sedienta e insomne he bebido toda clase de films, he leído todo lo que ha caído en mi mano, he probado a cantar todo tipo de melodías y he conocido a tantas personas en mi vida que la teoría de los 6 grados en mi caso es una falacia. A pesar de eso mi capacidad para sorprenderme continúa in crescendo. La primera vez que fui al cine fue con mi tío Amadeo, creo que yo tenía unos 5 años. Me llevó a ver a uno  de aquellos majestuosos cines de la Gran Vía de Madrid... reconocería el olor de la sala, el color de las paredes, las lámparas, lo mullidos que eran los asientos, el acomodador (pensé: qué profesión más fantástica...), aunque pasaran otros 40 años. Y, sobre todo, recuerdo lo que sentí al apagarse las luces, recuerdo mi corazón a 140 pulsaciones, recuerdo haber sentido que estaba allí, dentro de aquella pantalla gigante, salvando a alguien, volando y corriendo mil aventuras.


Il buono, il brutto, il cattivo (S. Leone, 1966)
Por aquel entonces ya había visto muchísimo cine en la pequeña pantalla. En mi familia siempre hemos sido muy peliculeros -más que cinéfilos- y el momento de la película era verdaderamente mágico, especialmente los sábados, a las 4 de la tarde, después de los dibujos animados y en blanco y negro, nos sentábamos los cuatro, pies en brasero, pipas en mano, para degustar alguna del oeste. Es algo que todavía hoy me une a ellos, las viejas películas.

A veces siento que todo lo que sé lo he aprendido del cine: la infalible caída de párpados, los besos apasionados, las conversaciones silenciosas, las ganas perpetuas de meterme en líos... el cine me ha dado hambre de viajar, de pisar los escenarios una y mil veces rodados. El cine me obliga a soñar, me permite tener vida al otro lado... No puedo vivir sin cine, no quiero. El cine ha sido mi mejor realidad cuando la inefable no cumplía. El cine me ha dado inspiración, oportunidades y esperanza.
Gone with the wind (Fleming, Cukor & Wood, 1939)

Así es como mi Boca de incendio se transforma en una Boca de película para compartiros lo que siento desde esta óptica en 8mm. o menos.


Más cine, por favor.


1 comentario:

  1. Más cine por favor, que todo en la vida es cine... y los sueños, cine son.
    https://www.youtube.com/watch?v=gP97HiI7xF8

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